El
bloque de mármol estaba allí, erguido y vertical. Casi cúbico. Ocupaba el
centro de una amplia nave con claraboya donde la luz era la reina. Estatuas
terminadas miraban, expectantes y pacientes, esperando que algo ocurriera.
Mientras tanto cinceles, gradinas, martillos, punteros y mazos aguardaban su
oportunidad en una tabla de herramientas colgada de la pared. Las siluetas sin
cubrir de varios utensilios, unidas a trozos de mármol diseminados por el
suelo, delataban a un escultor algo amante del caos. No se oía nada. Una fina
capa de polvo blanquecino cubría papeles y el cristal de una mesa desvencijada
por el tiempo. El sillón, con un viejo cojín rojo, algo hundido, marcaba el
contorno que una persona con cierto peso deja al sentarse. Además la ausencia
de polvo era la prueba infalible de su reciente uso. Seguramente estaría
marcando las posaderas del inquilino de aquel templo taller.
La
roca era de un blanco cristalino inmaculado roto ligeramente por alguna veta
gris difuminada. Con sus tres metros de altura, el taller recordaba a una plaza
famosa con obelisco, aunque sus naturales caras, sin tallar, evocaban más a un
menhir que al fálico monumento egipcio.
De
repente la puerta deja ver al escultor que entra en ese escenario como llegando
tarde. Una andrajosa bata, con más años que él, está en la percha. Es su
uniforme. Se la coloca. Coge alguna herramienta y los sonidos del silencio se
transforman en golpes de martillo. La piedra se resiste pero conoce lo inútil
de su esfuerzo. Con afán y maestría el virtuoso sigue operando a un mármol bajo
control, cual diestro cirujano. Al cabo de un rato se aleja, observa
escudriñando. Aspira con hondura y vuelve al tajo. Una cabeza se vislumbra en la
mole. Cambia de lado y de herramientas. Las estatuas vecinas asisten atónitas
al espectáculo. Aparece una pierna. Los golpes siguen construyendo una especie
de tema musical. No todos suenan igual. También cambia el ritmo del golpeo. No
hay rutina. Dos brazos levantados se adivinan sosteniendo un tronco. La roca
parece dar a luz por sus cuatro costados. Es la creación.
Valga
el texto anterior como metáfora. La Ciencia va esculpiendo sus verdades a
través de los siglos. Es trabajo de equipo, no de uno solo. Desde que Galileo
desterró el modelo geocéntrico hasta aceptar que existen agujeros negros en el
centro de algunas galaxias han pasado centenares de años y centenares de
científicos. Así son las cosas. Encontrar una verdad científica cuesta tiempo, dinero,
esfuerzo e imaginación y una legión de mentes pensantes: investigadores e
investigadoras. A modo de cincel y de martillo, la experiencia golpea el
intelecto de los más preparados y la incertidumbre va dejando paso a las
certezas alumbrando una verdad que, casi nunca, lo es del todo. Una verdad
imperfecta similar a una estatua inacabada, pero ambas son verdad y estatua. La
diferencia estriba en que la Ciencia sigue avanzando, mejora, con la
contribución de los que van llegando: su verdad es cada vez más cierta, más
profunda. La estatua, ausente su creador, no muta. La dictadura del tiempo y la
intemperie dictarán su final.
El
conocimiento científico es semejante a una muñeca rusa con casi infinitas
muñecas dentro. Abres una puerta y te tropiezas con varias. Seguramente ninguna
tendrá la cerradura de sus compañeras. Los equipos de especialistas, ellas y
ellos, tendrán que diseñar las llaves y crearlas si quieren seguir en el juego
de abrir. Lo dicho: El conocimiento científico me recuerda mucho a una estatua
eternamente inacabada.
Sebastián Muriel * 5 de julio 2018 * Ya publicado en La Comarca
http://semanariolacomarca.blogspot.com/2018/07/ciencia-escultora.html
http://semanariolacomarca.blogspot.com/2018/07/ciencia-escultora.html
Me gusta la reflexión. Y la comparto.
ResponderEliminarLástima que no sepa escribir yo así de bien.